Dulce aroma que roza como un susurro sin dueño. Frescura de lo prohibido, del abismo que invita, del vértigo que besa.
Gozo de la contradicción: sonreír con el pecho roto, llorar con el alma abierta, reír por no entender, gritar para no callar.
Qué sagrado es ser animal, morder el instante, lamer la herida.
Y qué pureza, la de ser inocente como el llanto sin cálculo de un niño que aún no teme.