Un día dejé de ser preso. El sentido se deshizo entre los dedos, como el agua que no supo retener mi nombre. No sé quién soy. Pero sé lo que ya no soy.
Las ruinas del júbilo aúllan en mi pecho. Esperanza, alegría, júbilo ahora: sueños rotos, tristeza, una depresión que me lame los pies como un perro abandonado.
Hubo un lugar donde fui sol. Donde reía sin saber que el tiempo era un asesino tan lento. Hoy ese eco me da lástima. Como si viera a un niño hablándole a un padre que no volverá.
Y sin embargo, sí, me he perdonado. Lo repito en voz baja como quien bendice las ruinas de un castillo que aún resiste, sobre el río que no deja de pasar.