Es gracioso. Es tierno. Es terrible. Es estremecedor.
Ser niño, ser adolescente, ser hombre y aún así buscar entre ruinas una semilla, una chispa, un gesto que no duela.
La inocencia, la rebeldía, la ironía de querer ser libre del hombre que quiso ser niño siempre, pero nunca.
Doy las gracias al mundo y a sus grietas por no haberme borrado al niño delirante, asustado, lleno de risa rota y pájaros por imaginar.
Quizá, y solo quizá, ese niño encuentre su sombra en otra ciudad, en otro cielo, en otro idioma de sí mismo.
Y allí, al fin, sepa quién es y sobre todo, quién no fue.