Busco en los ojos ajenos la forma de ser yo mismo, como si en cada reflejo se esfumara el espejismo de un miedo que no confieso pero que arde en mi abismo.

Me visto con mil palabras que otros quieran escuchar, camuflo la voz del alma con promesas de encajar. ¿Quién soy, si no soy respuesta a su forma de mirar?

Me aplauden, y me diluyo, me nombran, y me desvanezco. Cada juicio es un murmullo que disfraza mi esqueleto. Bajo el barniz de sus voces mi miedo sigue completo.

Temo no ser suficiente, temo ser visto sin más. Temo que el mundo me invente si me llego a desarmar. Y así vivo, pretendiendo que aparentar es amar.

Mas un día, en el silencio, donde nadie me vigila, descubro que el propio centro no se compra ni se alquila. Que hay valor en ser deshecho y en la herida que vacila.

Y entonces dejo el disfraz, el aplauso, el personaje. Prefiero ser tempestad que calma hecha de chantaje. Porque al fin, sin validarme, mi verdad será el anclaje.