Hoy no doy gracias, sino que nombro. A la luz que me desgarra al alba, a la fiebre sagrada que late en los pasillos del insomnio.

Sale. Como un grito. Como un pétalo que no pidió nacer.

Y cada día, día también, tú, compañía sin rostro mujer en la esquina del silencio, permaneces.

No como la carne. No como el sol. Sino como el temblor que no se puede abandonar.

Gracias, estrella rota en el cielo, por mirar cuando ya no queda nadie que se atreva a ver.