Eres dulce. Admirable. Una calma que arde como la noche que no termina.
Me desnudas y acepto: ven a ver mi herida abierta.
Úsame. Pérvierte esta sombra que soy. Cada vez estás más cerca y yo me vuelvo delirio.
Abre tus manos. Acepto tu llamado. Aquí dejo mi corazón: tómalo, hazlo silencio.
Ya late en ti mi dulce tragedia.
Déjame ver tus manos. Déjame ver qué hay bajo esos guantes blancos. Quiero tocar la forma de mi propia desaparición.
Así habló, temblando, el eterno niño a su secuestrador de luz.