La realidad es una sombra, sombra del ser, del vivir, de la mentira. No hay sombra sin luz, ¿acaso creer en la luz es falso?

Quizás es querer la perfección, un reflejo pulido sobre un río quieto, hasta que una piedra, pequeña e impura, rompe la imagen, distorsiona el cielo.

Y así, en el eco de la traición, la sombra se alarga, se espesa, se hunde. Las palabras pierden su peso, las promesas se vuelven ceniza.

Ya no hay cuerpo, solo un rastro, un vacío donde antes ardía el deseo. La culpa erosiona, pero no cura, y el amor, ahora un espectro, se oculta.

Porque quien quiebra el reflejo, rompe también su propia forma. Y al final, no es el otro quien desaparece, sino quien traiciona, borrándose a sí mismo.